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¿ISRAEL PREPARA OTRA NAKBA PARA GAZA? (Samer Badawi)

¿ISRAEL PREPARA OTRA NAKBA PARA GAZA? (Samer Badawi)

MONTEVIDEO-URUGUAY (por Samer Badawi, Brecha)  Las terribles imágenes del Hospital Al Ahli de Gaza aparecidas este martes mostraron una masacre de una escala que eclipsó incluso a las peores matanzas sucesivas cometidas por Israel en la Franja durante los últimos 11 días, a medida que los aviones de combate de fabricación estadounidense lanzan una lluvia infernal sobre la población civil. Al menos dos de estas masacres cotidianas ocurrieron ese martes más temprano, cuando decenas de personas murieron en ataques aéreos en las ciudades de Jan Yunis y Rafah, en el sur de la Franja de Gaza. Todo ese horror quedó prácticamente en el olvido, sin embargo, cuando comenzaron a surgir las escenas de Al Ahli. Cuando el humo se disipó, los funcionarios de salud estimaron en unas 500 las personas asesinadas, muchas de ellas despedazadas miembro por miembro.

Mientras los detalles de la catástrofe aún esperan una investigación independiente, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que visitó Tel Aviv este miércoles, no perdió oportunidad de declarar públicamente que la culpa de la masacre es de «el otro cuadro», basándose en supuestas «pruebas» que Israel ha proporcionado. Los palestinos cuestionan esta versión y señalan un patrón de mentiras y manipulaciones israelíes que con frecuencia han sido desmentidas, entre ellas el caso del asesinato de la periodista palestino-estadounidense Shireen Abu Akleh en mayo del año pasado, uno de los ejemplos más emblemáticos de esa manipulación.

Si, para los palestinos, la masacre del martes tiene todas las características de un ataque israelí, no es solo porque ese Estado tiene un profuso historial de bombardeos a escuelas y hospitales.

Aunque las causas de la masacre de Al Ahli todavía están en disputa, la enormidad de esta guerra contra Gaza despierta una analogía inevitable: la limpieza étnica de ciudades y pueblos palestinos por Israel en 1948.

De hecho, el impacto psicológico del ataque del martes evoca el horrible recuerdo de otras innumerables masacres, entre ellas la de la aldea palestina de Deir Yassin, donde grupos terroristas sionistas ejecutaron a más de 100 palestinos en abril de 1948. El comandante del Irgún que supervisó esa «operación», Ben Zion Cohen, dijo años después en una entrevista al documentalista Neta Shoshani que su intención era sembrar el terror entre la población nativa de Palestina, obligándola a irse. «Tres o cuatro Deir Yassin más», se jactó Cohen, «y ni un solo árabe habría permanecido en el país».

Esta es una de las razones por las que los palestinos y sus aliados han hecho de la permanencia en el territorio una de sus banderas en esta crisis. Desde la forma en que se está ejecutando hasta la retórica que Israel y sus aliados están usando para justificarlo, para los palestinos este ataque parece diseñado para expulsar a los habitantes de Gaza –a todos ellos– de su territorio.

La primera señal tangible de esto llegó el viernes 13. Una orden de evacuación israelí, anunciada esa mañana, dejó a más de 1 millón de palestinos residentes en la mitad norte de Gaza ante una alternativa imposible: permanecer y arriesgarse a morir a causa de un inminente ataque terrestre israelí o emprender el viaje hacia el sur, donde cientos ya habían sido asesinados y miles más habían sido desplazados por la destrucción total de barrios enteros. Sin garantías de obtener refugio y con suministros menguantes, algunos optaron por quedarse en casa o unirse a otras familias en los patios de escuelas u hospitales cercanos, como Al Ahli. Ahora, también ellos están desapareciendo por centenares del norte de Gaza.

El éxodo masivo –que Naciones Unidas advirtió que sería «imposible» de efectuar dentro del plazo de 24 horas establecido inicialmente por el Ejército israelí– se produjo en medio de bombardeos incesantes y una escasez de agua, alimentos y combustible que para entonces ya era grave. El fotoperiodista Mohamed Zaanoun, presente en el lugar, describió en +972 Magazine a civiles frenéticos que transportaban lo que podían a pie, en automóviles o apiñados en camiones a lo largo de la carretera central de Gaza, la misma que fue objetivo de un ataque aéreo israelí que el sábado mató a 70 personas que intentaban huir.

En la ciudad gazatí sureña de Jan Yunis, la periodista freelance Ruwaida Kamal Amer habló con palestinos que habían escapado de los pueblos ubicados a lo largo del borde oriental de Gaza, limítrofe con Israel, y que, con su huida, aumentaron la presión por encontrar refugio para las decenas de miles de personas más que han llegado a la ciudad. Como relató Fadi Abu Shamalah, director ejecutivo de la Unión General de Centros Culturales de Gaza, en una conmovedora historia de audio del New York Times, las escenas en el sur de la Franja evocan recuerdos de la Nakba, o catástrofe, cuando unas tres cuartas partes de la población nativa de Palestina huyó o fue expulsada en 1948.

La posibilidad de que se dé otra «transferencia» de población (como se las conoce en la jerga política israelí) a una escala tan masiva (la población de Gaza representa más de un tercio de los palestinos en los territorios ocupados) puede haber parecido poco práctica, si no imposible, hace apenas dos semanas. Pero los acontecimientos y las declaraciones recientes sugieren que se están haciendo esfuerzos para llevarla a cabo, incluso bajo el pretexto de hallar una solución «humanitaria».

«Ciudades de carpas»

Aunque los detalles sobre cómo y cuándo podría ocurrir tal desplazamiento forzado siguen siendo escasos, está claro que obligar a cientos de miles de palestinos a huir al desierto del Sinaí, donde Egipto comparte frontera con Gaza e Israel, no se trataría tanto de garantizar un «refugio seguro» para los civiles como de lograr que Israel eluda hacer frente a las demandas de una población que ya fue desarraigada, y que considera desechable.

Como si el asombroso número de muertos no fuera prueba suficiente de este desdén (al cierre de esta edición, eran más de 3.500 los asesinados en 11 días de bombardeo a la Franja de Gaza), los portavoces israelíes propagandeaban abiertamente una expulsión. En declaraciones a Al Jazeera el viernes 13, pocas horas después de que se transmitiera la orden de evacuación, Danny Ayalon, exviceministro de Asuntos Exteriores israelí y embajador en Estados Unidos, señaló que hay «una enorme extensión, un espacio casi infinito en el desierto del Sinaí», donde, dijo, Israel y la comunidad internacional podrían preparar «tent cities», ciudades de tiendas de campaña, «así como se hace para los refugiados de Siria».

Negociar esto parece una tarea difícil: por estos días Israel viene bombardeando repetidamente el cruce de Rafah, que separa Egipto de Gaza, y el gobierno egipcio se ha negado a abrirlo hasta ahora (para este viernes está anunciado un primer envío de ayuda humanitaria que pasaría por allí). Pero el secretario de Estado de Estados Unidos, Anthony Blinken, hablando con los periodistas mientras subía al avión que lo llevaría a Israel el miércoles 11, insinuó que hay planes para influir en la posición egipcia. Cuando se le preguntó sobre los obstáculos para garantizar una «salida segura de Gaza» para los civiles palestinos, Blinken, sin ofrecer detalles, dijo: «Estamos hablándolo con Egipto».

Es probable que la idea también encabece la agenda de las reuniones que Blinken mantiene con otros líderes árabes, aunque desde entonces Estados Unidos ha tenido cuidado de no hablar de ello públicamente. El sábado 14, el secretario de Estado se reunió con el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, presidente de Emiratos Árabes Unidos, cuya normalización de relaciones con Israel en 2020 prefigura un posible acuerdo similar entre Israel y Arabia Saudita. Los resultados de la reunión de Abu Dabi aún no se conocen, y el resumen publicado por el Departamento de Estado no ofreció ningún indicio de que la transferencia de palestinos a Egipto haya estado sobre la mesa.

Ese mismo día, en su intercambio oficial con el ministro de Asuntos Exteriores saudí, el príncipe Faisal bin Farhan Al Saúd, Blinken solo habló de «establecer zonas seguras en Gaza». Los detalles de la reunión posterior de Blinken con el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán son escasos, pero el Washington Post informó el domingo que Bin Salmán, contradiciendo la posición estadounidense, había pedido el cese de la operación israelí.

Más allá del golfo, la idea de la transferencia de población ha tenido críticas más directas. El ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, hablando en una conferencia de prensa en Estambul con su homólogo egipcio, Sameh Shoukry, dijo el sábado a los periodistas que su gobierno rechaza «la política de sacar a los palestinos de sus hogares en Gaza y exiliarlos en Egipto». Según el Wall Street Journal, Egipto había acordado una ventana de tiempo para que los ciudadanos estadounidenses que viven en Gaza cruzaran a través de Rafah el sábado, pero ese acuerdo expiró a las 17 h (hora local) sin que ningún estadounidense cruzara.

Mientras tanto, el medio egipcio Mada Masr, en un informe publicado antes de la reunión de Blinken con el presidente Abdel Fattah El Sisi el domingo, citó fuentes en el gobierno que afirmaron que «varios actores internacionales han discutido con Egipto varios incentivos económicos a cambio de que acepte en el Sinaí a grandes flujos de palestinos desplazados». En su cuenta X (ex-Twitter), Mada Masr emitió más tarde una aclaración en la que decía que cualquier consideración por parte del gobierno egipcio de los términos ofrecidos está basada en «un posible éxodo palestino impuesto por Israel», un país que, de acuerdo con lo que Sisi le dijo a Blinken, está imponiendo un «castigo colectivo» sobre el pueblo de Gaza.

El miércoles 18, hablando junto al canciller alemán Olaf Scholz en El Cairo, Sisi redobló la apuesta, en lo que parece ser una evolución aún en marcha de la posición egipcia. Dijo que su gobierno no aceptaría «un intento de obligar a los residentes civiles a buscar refugio en Egipto», y sugirió que, en su lugar, Israel permita a los gazatíes refugiarse en el desierto del Néguev, que es parte de Israel. El rechazo de Sisi fue replicado luego por todos los líderes árabes visitados por Blinken, e incluso el maltrecho presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, que así lo hizo saber en un discurso televisado horas después de cancelar su participación en lo que iba a ser una cumbre a cuatro bandas con Biden, Sisi y el rey Abdalá II de Jordania.

«Gaza debe ser más pequeña»

A pesar de la aparente unanimidad entre los jefes de Estado árabes, el presidente de Estados Unidos y su principal diplomático siguen evitando pedir un alto el fuego inmediato, algo a lo que se han opuesto férreamente incluso vetando esta semana dos resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Eso deja abierta la cuestión de cómo el gobierno de Biden hará para garantizar un refugio seguro para el creciente número de palestinos que se acumulan en el sur de la Franja o que han quedado varados en otros lugares del enclave, con suministros cada vez más reducidos de comida y agua.

Mientras tanto, los israelíes, basándose en la visita de este miércoles de Biden a Tel Aviv –en la que el presidente reiteró el apoyo incondicional de Estados Unidos a Israel–, parecen estar centrándose en su propia «solución». El mismo miércoles por la mañana, la radio del Ejército israelí informó que el ministro de Asuntos Exteriores, Eli Cohen, había aludido a una anexión parcial. «Al final de esta guerra», dijo Cohen, «no solo Hamás ya no estará en Gaza, sino que el territorio de Gaza también disminuirá».

Esta opinión fue compartida por Gideon Sa’ar, un parlamentario de la oposición incorporado al gobierno de emergencia de Israel la semana pasada, quien, en declaraciones recogidas por Haaretz, dijo que Gaza «debe pasar a ser más pequeña al final de la guerra… quienquiera que inicie una guerra contra Israel debe perder territorio». Una medida israelí de este tipo no carecería de precedentes: como documentó en 2012 la profesora de Harvard Sara Roy, las «zonas de amortiguamiento» impuestas por Israel ya habían absorbido entonces «casi el 14 por ciento de la tierra total de Gaza y, al menos, el 48 por ciento de [su] tierra cultivable total».

Con una incursión terrestre inminente al momento de publicarse este artículo, la sugerencia de Ayalon en Al Jazeera de que Israel garantizará que cualquier desplazamiento palestino sea solo «temporal» parece cada vez menos creíble. No importa que la frase de Ayalon tenga profundas implicancias históricas para los palestinos de Gaza, que conocen muy bien los peligros de aceptar las promesas israelíes.

(Recordemos, por ejemplo, que se suponía que el alto el fuego que siguió a la Operación Margen de Protección de 2014 conduciría a negociaciones sobre la apertura del puerto de Gaza, una perspectiva que rápidamente se atenuó a medida que el asedio de Israel se fue consolidando en la última década.) La negativa de Israel a permitir el derecho al retorno de millones de refugiados palestinos (derecho reconocido por la ONU), incluidos los casi 1,5 millones registrados en Gaza, es prueba suficiente para los palestinos de que cualquier «reubicación» de la que sean objeto será permanente.

Tienen buenas razones para concluir eso. Los sucesivos líderes israelíes han lamentado durante décadas la presencia de palestinos a lo largo de la estrecha franja. «Quiero que todos se vayan, incluso si van a la Luna», dijo el primer ministro Levi Eshkol sobre la población de Gaza en 1967. Veinticinco años después, poco antes de firmar los Acuerdos de Oslo, el primer ministro Isaac Rabin expresaría un deseo similar: «Me gustaría que Gaza se hundiera en el mar», antes de admitir que eso no sería posible. Sin embargo, sus sucesores en el gobierno actual parecen decididos a hacer realidad ese deseo.

Por ahora, mientras el espectro de otro desplazamiento se cierne sobre su población sitiada y bombardeada, Gaza continúa soportando un horrible ataque israelí que ya se ha cobrado la vida de más de 3.500 palestinos. Al negarles tanto un refugio seguro como cualquier tipo de sustento, Israel les quiere hacer creer que su supervivencia depende de una transferencia forzosa de población, un crimen de guerra frente al que la comunidad internacional no parece capaz –o siquiera dispuesta a hacerlo– de encontrar una alternativa.