Dom. 03. Mar 2024, Santa Fe - Argentina
Opinión

ATAQUES DE EEUU A PRESIDENTES DE VENEZUELA (José S. Roz)

ATAQUES DE EEUU A PRESIDENTES DE VENEZUELA (José S. Roz)

CARACAS-VENEZUELA  (Ensartaos, por José Sant Roz)  Los presidentes venezolanos derrocados o asesinados por el imperialismo norteamericano, han sido: Cipriano Castro, Isaías Medina Angarita, Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Hugo Chávez Frías. El presidente Nicolás Maduro ha sobrevivido al menos a cinco grandes ataques terroristas para quitarle la vida o para derrocarle, entre lo que caben mencionarse el llamado a tumbar el gobierno por parte de Enrique Capriles Radonsky en 2013; luego el llamado de Leopoldo López en 2014; posteriormente el estallido de la guerra económica junto con la inclemente guarimba que trajo desolación y muerte durante seis meses; posteriormente el ataque con un dron cargado con explosivos en 2018 y en 2019 la invasión con mercenarios gringos y colombianos por las costas de Chuao.

El primer derrocado por el asunto petrolero en Venezuela fue Cipriano Castro. La compañía norteamericana de asfalto, la New York and Bermúdez Company aportó más de 130.000 dólares oro al general Manuel Antonio Matos en la invasión que éste dirigió contra Venezuela en un intento por derrocar a Cipriano Castro. El trust norteamericano de la Concesión Hamilton (que controlaba a la New York and Bermúdez Company), se había apropiado arbitrariamente de inmensas extensiones del subsuelo venezolano, y prácticamente era la dueña exclusiva de todas las minas de asfalto de Venezuela sin competidor. De modo que ontrolaba a su gusto el precio de este producto. Este trust ya era dueño del asfalto de Trinidad, y se estaba convirtiendo en el mayor latifundista de Venezuela.

Rómulo Betancourt —en un juicio que lo comprometerá para siempre ante la historia— tomó partido abiertamente a favor de la “New York and Bermúdez Company”, cuando dijo en un lenguaje idéntico al que utiliza la gente de Guaidó en su entrega de la CITGO a los gringos: «El despotismo de Castro, a fin de buscar más dinero para depositarlo en cuentas particulares en bancos del exterior y para gastarlo alegremente, emprendió la acción judicial contra la New York and Bermúdez Company. Acción irreprochable desde el punto de vista del Derecho positivo venezolano y de las normas de la justicia internacional, pero adelantado por quienes se habían conquistado el repudio de sus conciudadanos y el desprecio universal con su incalificable conducta como gobernantes». Era como susurrarles a los mercenarios yanquis: estafen, roben y asesinen, porque Castro se lo merece.

El Presidente de la Creole en 1945, era Mister Henry J. Linam, quien fuera expulsado de Venezuela por el presidente Medina Angarita por falta de respeto a la alta majestad de la república. Mister Henry J. Linam se había presentado en Miraflores de manera altanera, dando alaridos, y exigiendo que el Presidente lo recibiera inmediatamente no importándole si estaba o no ocupado [1]. Fue tal la indignación del Presidente Medina que ordenó a sus edecanes trasladasen a este bellaco gringo al aeropuerto sin maletas, sólo con el traje que llevaba puesto. Luego Mister Henry Linam, refiriéndose a Medina, dijo en Washington: “Nosotros tenemos poder suficiente para tumbar a Medina [2]”.

Cuando el Presidente Medina convocó a una rueda de prensa para hacer entrega a los periodistas del proyecto de Ley de Hidrocarburos, para dar a conocer que la presentaría ante el Congreso, gesto nunca visto en toda nuestra historia republicana, Rómulo Betancourt se movilizó para tratar de meterse en el bolsillo a las organizaciones de los trabajadores y soliviantarlos contra el “régimen”. Medina no se cruzó de brazos: se fue al Zulia, invitado por la Unión Sindical Petrolera de Venezuela (que agrupaba a todos los obreros, empleados y marinos petroleros). Allí, por primera vez en el siglo XX un presidente de Venezuela habló de nación soberana y manifestó que la revisión de la política petrolera la hacía solamente el gobierno sin interferencia de nadie. Escribe Harrison Sabin Howard que bajo Medina, los sindicatos comenzaron a tener más libertad de expresión y de movimiento; se prometió a los partidos de la oposición actuar abiertamente. Por otra parte, estaba comenzando la mayor expansión petrolera de la historia, reflejada en los ingresos de 1944 de 149 millones y, en los ingresos de 276 millones de bolívares en 1945, más el ingreso del impuesto sobre la renta de las compañías de petróleo, por 52 millones de bolívares.

Se estaba produciendo un cúmulo de acontecimientos que seguía exasperando a Betancourt, quien veía que el tiempo no le era favorable y que el enemigo a vencer contenía en sí la esencia de todos sus programas sociales. Es el momento mismo en que el gerente de la Creole, mister Arthur Proudfit recibe advertencias sobre la gravedad de la situación que las políticas de Medina pueden acarrear para la seguridad energética de Estados Unidos. Gloriosa coincidencia. En Washington se percibía muy claramente lo que podía desatarse producto de estas medidas nacionalistas que podían desbordarse, pasar a mayores exigencias como reclamar aumentar los impuestos y pedir más beneficios para el Estado venezolano. En esto las compañías debían andarse con mucho cuidado porque si se llegaban a endurecer estas exigencias, se verían obligados a aplicar operaciones «defensivas» que muy bien podían generar confusiones en los cuarteles, caos social, inestabilidad en algunos sindicatos e imprevisibles perturbaciones económicas para “la buena y disciplinada marcha que requiere el negocio petrolero”.

Con la muerte de Gómez se presentaba un panorama no muy despejado. Y había ahora que buscar con pinzas a un nuevo presidente de la República que le permitiera a las compañías petroleras una inversión y actividad segura, confiable y altamente rentable, tal como siempre se había dado. Y qué casualidad que fuesen en estas preocupaciones de Washington donde se encontrase la tabla de salvación de Rómulo Betancourt. Había realmente todo un mundo de horror detrás de lo que hacían las empresas petroleras con nuestro país, y era imprescindible que se mantuviera oculto. Betancourt sí conocía los intríngulis de estas aberraciones; por ejemplo, cómo se utilizaban métodos contables para evitar pagar millones de dólares al Estado venezolano. Nos refiere Harrison Sabin Howard que la Shell vendía su petróleo en Curazao a otra compañía (dependiente de la Shell) a precios muy bajos e incluso con «pérdidas», para luego pagar el mínimo de impuesto en Venezuela. Lo grave era que nuestro país debía emprender una inmediata investigación de este mafioso negocio de la Shell, pero el mismo procedimiento se empleaba con la «regalía» del petróleo (el gobierno tenía opción de vender esta «regalía» a las compañías petroleras o a un tercero). Las compañías comprarían la regalía y la «venderían» a un precio inferior al del mercado a una compañía que estuviera fuera de los límites de la nación. «Otras compañías declaraban la mitad de su ingreso bruto. Para los años 1943, 1944 y 1945, la concesión de Petróleos de Venezuela declaraba sólo el 20,74%, 25,51% y 33,76%, respectivamente. Si las acusaciones son exactas, la nación puede haber perdido un total de cuarenta o cincuenta millones de bolívares por la deshonestidad de los oligopolios».

En 1938 se habían dado con la legislación de López Contreras unos leves adelantos para tener un muy pequeño control sobre lo que hacían las compañías petroleras. Pero aquello era demasiado complejo, y Medina, desesperado, buscaba la manera de conseguir una independencia en tecnología que fuese capaz de romper las ataduras y el manto de oscuridad con que se manejaba esta industria. Medina estaba convencido que si no se daban pasos agigantados en este sentido, su vida y la del país corrían peligro. ¿Cómo hacer? Medina sabía que Betancourt tenía conocimientos nada comunes y profundos sobre el tema, y con él tuvo algunos encuentros con la esperanza que le ayudara. Pero el líder adeco le dijo que para salir de ese marasmo era imprescindible hacer una revolución, salir del pasado y acabar con todo el sistema que habían dejado los gomecistas.

El problema era harto complejo y por eso las compañías se sentían tranquilas, porque no había suficiente capacidad técnica para asumir el difícil entramado de la explotación petrolera. Rómulo, que recibía con frecuencia toda clase de informaciones de América Latina, le mostró a Medina un reporte de las acciones del gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas para nacionalizar la industria del aceite mineral (la cual se había producido el 18 de marzo de 1938) por medio de un simple decreto. Es muy probable que Rómulo le pidiese a Isaías que procediese como don Lázaro Cárdenas, sin andarse mucho por las ramas. Claro, era para luego ver al presidente deslizarse hacia el caos de una guerra frontal con los países del norte, al tiempo que AD le quitaba todo apoyo.

Medina en esta ocasión no mordió el anzuelo. Como presidente de la Creole en Venezuela, se encontraba mister Arthur Proudfit, quien había venido a vengar las ofensas inferidas a su antecesor Henry J. Linam. Mister Arthur recibió órdenes expresas del Departamento de Estado para buscar entre los nuevos cuadros políticos y jóvenes oficiales, un acuerdo para salir de Medina. Les quería hacer saber a estos jóvenes que con un jefe de Estado que no escuchase a los que invierten en Venezuela (que son los que le aportan la mayor parte del presupuesto nacional); que con un nacionalista irracional que trata de la manera más déspota a sus mejores socios internacionales, las consecuencias políticas para el país serían terribles. Que él, Proudfit, traía la mejor disposición para que se lograra un acuerdo alrededor de la figura de Rómulo Betancourt.

La historia de la Venezuela del siglo XX, huele a puro petróleo. Aquí todos los presidentes del pasado siglo fueron impuestos por las compañías petroleras. Incluso, en la muerte del presidente Carlos Delgado Chalbaud se verá involucrada la Shell con el concurso del magnate Antonio Aranguren. La situación comenzó a caldearse cuando en 1943 se hizo la reforma de la Ley de Hidrocarburos. No concebía Rómulo cómo no se le había consultado en un asunto en el que él evidentemente era un experto. Aquello era una afrenta que le hacía el gobierno de Medina. Ni siquiera una carta, un emisario para discutir el punto, una opinión. Era el ministro de Fomento para la época don Eugenio Mendoza, quien a pesar de ser un oligarca, se condujo con una posición digna y nacionalista frente a las presiones de las compañías petroleras. Una posición que no podrá seguir sosteniendo, so pena de perder los privilegios que las empresas norteamericanas le concedían para convertirse en el gran monopolista del cemento en Venezuela.

Pérez Alfonzo en el tema de hidrocarburos compartía la misma tesis de Rómulo y era tajante: el petróleo debía ser nacionalizado, explotado y vendido por Venezuela. Los expertos económicos de AD de entonces, tenían mil veces mejores proyectos para hacer del país un paraíso, dándole un excelente uso político y económico a nuestro oro negro. Lástima que cuando tuvieron al Congreso en las manos y a un 80% del electorado a su favor, no se atrevieron a poner en práctica uno solo de los postulados que se exigía a Medina. Eso sí, usufructuarán con vileza y frenesí los beneficios de la Ley de Hidrocarburos de Medina, después del golpe del 45. En la tercera discusión en el Congreso sobre esta Ley de Hidrocarburos, el diputado Andrés Eloy Blanco propuso que no se debía andar por las ramas y que de una buena vez se aprobara la Ley de Nacionalización del Petróleo y la Ley de Expropiación de las Compañías Petroleras. Simples bravuconadas de Andrés Eloy, porque los expertos en la materia de AD, como Pérez Alfonzo y Betancourt, consideraban que eso era una locura; eso sí, se le hacían las exigencias a Medina para que ellos aparecieran como nacionalistas y que el presidente quedara como un cobarde.

Esta ley acaba por ser promulgada el 13 de marzo de 1943 y se va a mantener vigente hasta el 1º de enero de 1976, fecha en que se nacionaliza nuestro petróleo. ¿Por qué durante 18 años los adecos no modificaron en una coma esa ley, elaborada por su acérrimo enemigo «antinacionalista», quien para ellos la había promulgado sólo para favorecer a las compañías extranjeras? Con esta ley se dio un paso muy significativo, que nunca se observó ni medianamente en todos los proyectos nacionalistas que los adecos pusieron en marcha en esta área, como fue la exigencia que se le hizo a las compañías americanas, holandesas y británicas para que de inmediato comenzasen a refinar nuestro petróleo en Venezuela. Esto provocó una enorme preocupación en el Departamento de Estado.

Durante toda la dictadura de Gómez y el gobierno de López Contreras, estas compañías habían mostrado una enorme resistencia a realizar este proceso en nuestra tierra, aduciendo que era muy riesgoso para ellos porque podía llegar al poder un gobierno que les confiscara toda la infraestructura instalada, y entonces el Estado venezolano podría apropiarse de esta industria en todas sus fases. Que nosotros debíamos limitarnos estrictamente a la función de entregarles el petróleo y no invadir áreas que eran de su estricta competencia. En un principio, mister Linam se había estado moviendo, prometiendo a los gerentes de las otras compañías (holandesas y británicas), que harían todos los esfuerzos necesarios para lograr un cambio en el gabinete de Medina e impedir la locura de refinar tal producto en nuestro país. Se comunica con Washington y es cuando mister Bonsal (director de la División Latinoamericana del Departamento de Estado), reacciona molesto y anuncia que los gobiernos de Estados Unidos y de Su Majestad hacen saber claramente al de Venezuela, que en caso de que se trate de ir más allá del proyecto de la nueva ley en su intento de obtener más concesiones de las petroleras, los dos gobiernos encararán el asunto muy seriamente.

El artículo 105 del proyecto de Ley de Hidrocarburos contemplaba «tomar las medidas necesarias o convenientes a fin de fomentar en el país el desarrollo de las industrias de manufactura o refinación y transporte de las substancias a que se refiere esta Ley… a tales efectos, el Ejecutivo Federal podrá celebrar convenios especiales con los titulares de concesiones, tendentes a perfeccionar las plantas existentes o a aumentar su capacidad de refinación, a la instalación de plantas nuevas…».

Otro de los objetivos que buscaba el gobierno de Medina con esa ley era resquebrajar, y lo consiguió en parte, el monopolio de las grandes compañías y el programa de licitaciones competitivas entre los diversos grupos. Dice la historiadora Nora Bustamante: «En 1939 las tres grandes compañías, Standard, Gulf y Shell producían más del 99%; en 1943 esa producción era de 97%. En los años posteriores observamos cómo ese porcentaje sigue cayendo hasta 88,4% en 1955. Medina fue derrocado en 1945, y en el régimen subsiguiente, como veremos, se trazó una orientación totalmente opuesta, de respaldo al monopolio y de obstrucción a las compañías recién llegadas».

Entonces los norteamericanos, con su típica política de chantaje y amenaza, tratando de aparecer como los defensores de la humanidad y como tales con el derecho a exigir que países pobres como Venezuela no reclamaran lo justo por sus recursos, se dirigieron a nuestro gobierno para expresarle (informe 831.6363/10-2544) que esas estipulaciones para que se refine el petróleo en Venezuela «parecen no estar de acuerdo con los principios establecidos por la Naciones Unidas, como base para una reconstrucción de posguerra; es decir, que debe existir completa libertad de acceso de todas las naciones a las materias primas. Además, establecería un precedente que de ser seguido por otras naciones proveedoras de materias primas, podría provocar situaciones que retardarían seriamente los esfuerzos de la posguerra para la colaboración económica, colocando restricciones que separarían el comercio de los canales económicos normales».

Medina no se amilana y en su mensaje al Congreso en las sesiones ordinarias del año siguiente, expone contundentemente que «la posición del Gobierno es firme para procurar la refinación en nuestro propio territorio; toda nueva concesión acarreará la obligación de refinar en Venezuela parte del material extraído de ella… por ningún respecto el mineral de las nuevas concesiones debe tener fuera del territorio venezolano estación de refinamiento para surtir otros mercados». Aún más, cuando Medina visita al presidente Roosevelt se lo dirá directamente: «es irritante para el pueblo de venezolano ver que una gran cantidad de su producción petrolera se refine en sus narices en islas que geográficamente complementan el territorio venezolano». Por lo que agregó: «…quiero que el presidente Roosevelt sepa que en caso de que haya de efectuarse un cambio en la soberanía de estas islas (Curazao, Aruba, Bonaire), Venezuela mantiene firme su aspiración de ejercer la soberanía en ellas».

La ley imponía serias condiciones para el otorgamiento de más concesiones, lo que llevó al embajador Corrigan a decir a Medina que sobre este punto el tema debía pasar ya a un plano diplomático. Con razón, que en este estado de cosas, se hacía imprescindible para Washington que el gobierno que sucediese a Medina debía ser de un signo totalmente diferente para que las compañías «pudiesen recuperar la confianza gravemente dañada por estas decisiones». Dirá la historiadora Nora Bustamante que si para 1988 Venezuela contaba con una capacidad instalada para refinación de un millón quinientos mil barriles diarios, y además procesado en nuestro país, eso se debía al empeño que puso Medina. Para entonces ninguna otra nación de las que conformaban la OPEP poseía una capacidad igual. «El lector se preguntará cómo es posible que después de 33 años de haberse firmado la ley petrolera de Medina, todavía se estuviera refinando petróleo venezolano en Aruba y Curazao. La respuesta deben darla los gobiernos posteriores que abandonaron la lucha por la total refinación y procesamiento del petróleo en tierras venezolanas… Solamente se instalaron las refinerías de Amuay y Punta Cardón, en Paraguaná, en cumplimiento del principio de refinar en el país el 50% de nuestro petróleo». Washington, ante las decisiones de Medina, se mantenía alerta; antes de tomar acciones más directas como corresponde a sus manipulaciones mediante perturbaciones por aproximación indirecta, se dedicó a echar mano de cuanta estratagema diplomática estaba a su alcance; sus expertos hablaban de leyes internacionales que no permitían la aplicación de esas decisiones a pocos años del final de una guerra tan pavorosa; hasta se apeló a la Carta del Atlántico, en la que según ellos, esa prohibición de refinar en el Caribe el petróleo de las nuevas concesiones, constituía una seria restricción del comercio y una discriminación contra un área específica. Con esta Carta, volvía a insistir y a amenazar que se estaba sentando un infortunado precedente. Como los comentarios, documentos e informes inundaban el despacho de Medina, citó a Corrigan para tratar directamente el asunto. Cuando Corrigan le habló de los principios liberales del comercio contenido en la Carta del Atlántico, un experto en estos temas que acompañaba a Medina, el doctor Gustavo Herrera, refutó a Corrigan diciéndole que en las resoluciones sólo se contemplaba un limitado número de contratos relacionados con un bloque definido de concesiones. Corrigan acabó aceptando las explicaciones del Gobierno sin dejar de insistir en lo referente al «desafortunado precedente y un mal ejemplo».

Podemos imaginar las enormes presiones que desde Washington se ejercían contra el gobierno de Medina. Hay que decir que algunas surtieron efecto, porque Corrigan llegó a hablar de una «victoria parcial», pero que su mayor esperanza la pone en el futuro gobierno que se verá en la obligación de tener mucho más cuidado a la hora de redactar otros decretos. Algo se consiguió al menos, y fue que a partir de entonces las condiciones para refinación se aplicarían con el 10% de petróleo producido mediante las nuevas concesiones. Es importante decir que a partir de estas discusiones quedó la sensación en la Casa Blanca que los venezolanos estaban aprendiendo con bastante presteza y habilidad a reclamar lo suyo mediante sagaces movimientos de las reglas del juego diplomático, y aplicándolos con carácter y seguridad en los vitales aspectos de una economía propia. Pronto comenzaron a levantarse gigantes como la refinería de Cardón, de la Shell, que comenzó a funcionar en 1949, en cumplimiento de lo establecido en la Ley de Hidrocarburos de 1943. Ante todas estas propuestas, Betancourt malinterpretó totalmente la proposición de Medina, porque entonces dijo que para él era evidente que en los días críticos de la II Guerra Mundial resultaba una aspiración inalcanzable el traslado de las plantas del Caribe a Venezuela. A la luz de todo lo que se vivió en el siglo XX en relación con este tema, se puede decir que durante el gobierno de Medina, se hizo más por rescatar soberanamente nuestro petróleo y hacernos respetar por las grandes compañías explotadoras de este mineral que en el resto de los siguientes 55 años.

Notas: [1]  De manera muy parecida a como lo intentó en 2002 la embajadora Donna Hrinak, quien se presentó enfurecida en Miraflores y quiso entonces entrar al despacho del Presidente y regañar a Chávez. Es decir que estos embajadores gringos se creen unas especies de procónsules o virreyes en los países latinoamericanos.

[2]  Ocarina Castillo D’Imperio, Carlos Delgado Chalbaud, Bibliografía Biográfica Venezolana, El Nacional, Caracas (Venezuela), 2004, pág. 58.