Vie. 27. Nov 2020, Santa Fe - Argentina
Opinión

ÉTICA Y DD.HH. (Diego O. Evia)

ÉTICA Y DD.HH. (Diego O. Evia)

CARACAS-VENEZUELA  (por Diego Olivera EviaÉtica y Derechos Humanos: principios educacionales para la vida humana.

Problematizar y reflexionar sobre los derechos humanos y la ética es una tarea ardua. La cuestión primera es, por donde partir, considerando que se trata de dos temas tan amplios y tan sin concreción, sin plasticidad en la realidad en que vivimos, tanto en el plano global como local.  Todavía una mirada más apresurada nos permite percibir que tanto los derechos humanos como la ética poseen su historicidad, su lugar, su tiempo y su espacio donde sus sentidos y significados fueron y son construidos y reconstruidos por la acción y relación humana. Por eso, su lugar para nuestro análisis y reflexión y nuestra propia realidad, en la cual su universalidad aún es una ausencia casi universal. “Los derechos humanos, por definición, tienden a ser universales. Aun cuando, su característica más universal es su violación universal.” (Lienemann, 1982, p. 80).

No ocurre algo diferente con la ética, que, en el período de la Modernidad, fue librada de las relaciones humanas, de las cuestiones de la convivencia humana por la ciencia positivista, por la racionalidad técnica y científica, utilitarista, promotora del poder, del poder del dinero, y de la producción.

Todos tenemos nuestra construcción humana, nuestra historia personal y social a partir de las diferentes culturas a las que pertenecemos. Aun así, encima de éstas existen macro fenómenos, resultantes del campo científico económico y político, desarrollados a lo largo de las últimas décadas, que reclaman una profundización en las orientaciones y en las normativas éticas universales. Rehén del mundo sistémico, del poder y del dinero, el desarrollo económico y tecnológico ha beneficiado sólo a un pequeño número de personas sobre la faz de la tierra, en detrimento de las condiciones mínimas de vida para la mayoría de los seres humanos y para el medio ambiente. Si, por un lado, las catástrofes naturales pueden ser evitadas o mitigadas, mediante un planeamiento que tenga la vida como núcleo central, por otro lado, las tragedias, resultantes de la ganancia, de la incompetencia social y de corrupciones estructurales y personales, continúan segando vidas e impidiendo dignidad y abundancia para la mayoría de la población mundial.

Es significativa la visión de esa realidad planetaria ilustrada por Forrester, en su libro O Horror Económico, en el cual afirma que, son millones de personas, digo bien, personas, colocadas entre paréntesis, por tiempo indefinido, tal vez sin otro límite a no ser la muerte, tienen derecho apenas a la miseria o a su amenaza más o menos próxima, la pérdida muchas veces de un techo, la pérdida de toda la consideración social y asimismo de toda la auto consideración. Al drama de las identidades precarias o anuladas. Al más vergonzoso de los sentimientos: la vergüenza. (Forrester, 1997, p. 10)

Este es el resultado de las políticas neoliberales llevadas a cabo por las potencias económicas del planeta, que crearon mecanismos internacionales de pillaje: Banco Mundial, Organización de Cooperación y de Desarrollo Económico –OCDE-, Fondo Monetario Internacional -FMI–, entre otros, sobre los pueblos tercermundistas o países en desarrollo.

Las características de esta nueva fase del capitalismo están centradas en la globalización de la economía, en el fin de las fronteras económicas, en el desmantelamiento del Estado y en la destrucción de los derechos sociales, tales como salud, educación, vivienda, transporte, comunicación, estabilidad de empleo, desvaloración y destrucción de las economías macrorregionales (Ahlert, 2003, p. 122-123).

El filósofo Armildo Stein se refiere a esta realidad como un cuadro de horrores de nuestro mundo globalizado.  Se trata, según este filósofo, de macro fenómenos macabros de orden material y que nos chocan diariamente a través de los medios o in loco: la muerte de millones de seres humanos por el hambre, principalmente en el tercer mundo; la violencia de las guerras regionales, étnicas, tribales y económicas con centenas de millares de muertos; las dolencias endémicas, epidémicas y estacionales entre los pueblos más pobres; la violencia urbana produciendo terror y miedo en todos; las catástrofes climáticas, de la civilización, en el tránsito.

La explotación por el trabajo esclavo, de adultos y crianzas; la prostitución de menores, usados como objetos en el turismo; la desesperación de los excluidos del proceso social; la persecución y la extinción de las minorías de todos los tipos; la exclusión de la salud y la privación de la palabra de las mayorías pobres y explotadas; la agresión de los media y de la propaganda, violentando la frágil estructura del deseo; la desconsideración de los ancianos, de los jubilados, de los enfermos, de los desempleados y de las mujeres llenas de hijos; la mortalidad infantil; el desperdicio, el almacenamiento de alimentos con fines especulativos; la destrucción de los recursos naturales del planeta; la manipulación de las esperanzas y de los sueños de la juventud.

También existen macro fenómenos de otro orden, y que, progresivamente, aprendemos a ver mediante las ciencias humanas. Son los fenómenos que envuelven directamente la historia de cada individuo, como: la destrucción de las identidades personales y la multiplicación de los bordelindes; la dimensión de las perversiones y la consagración de la transgresión como el modo de ascenso social; la pérdida de la relación con el “mundo”

Y el incremento de las psicosis; el mito individual del neurótico y la difusión del sufrimiento psíquico; la infantilización del adulto y la precoz conversión en objeto sexual de los niños; el narcisismo generalizado y la multiplicación de las relaciones de modelación en los otros;

La fatiga sexual generalizada y la difusión de la permisividad como contrapartida; la delegación de la autoridad de los padres a los grupos etarios de los hijos y la muerte de los modelos adultos en la formación de la identidad personal; la pérdida de la substancia ética y el avance de la estatificación de las relaciones personales; el deterioro de la relevancia social del trabajo y la pérdida del valor biográfico del trabajo; la desaparición del valor de la verdad y la consagración del pensamiento estratégico; el fin de la justicia como principio político fundamental y la justificación por el procedimiento correcto; el fin de las referencias absolutas y la fragmentación de las historias de vida.

La crisis de la pandemia crece en el planeta y la decadencia humana

Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía de la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como les quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaban sanos.

No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad sólo se transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas por el insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir«. Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

Aún no hemos podido metabolizar -como dice el profesor Joseba Achutegui- el shock terrible del coronavirus en todos los ámbitos sociales, políticos y económicos. Aunque tememos y podemos intuir, que la catástrofe va a afectar a muchos de los modelos y valores sobre los que se asienta nuestra vida personal y social. La angustia, el miedo y la incertidumbre sobre el futuro que nos aguarda, individualmente y como país, pesa como una losa insoportable a la hora de identificar qué nos está pasando y que nos pasará cuando esta pesadilla acabe.

Quizás esta siniestra distopía que sufrimos hoy, abra paso mañana a un tiempo de cambios y transformaciones que impida que el feroz capitalismo neoliberal -que domina el sistema mundo sin contrapesos, ni piedad- continúe sometiendo al planeta a una veloz carrera hacia su destrucción, reduciendo a los ciudadanos a meros generadores de plusvalía y figurantes inermes de la codicia de las oligarquías transnacionales. O, por el contrario, que esta crisis facilite la consolidación de un modelo aún más destructivo, en el que la preservación del planeta, los derechos humanos y la democracia, la libertad, la fraternidad y la justicia acaben siendo antiguallas arqueológicas para estudio de hermeneutas y nostálgicos.

Pero a pesar de la negra y espesa niebla de la pandemia, emerge ya una auténtica tormenta de ideas, perspectivas y reflexiones, que como los ciegos del “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago, nos pueden ir sirviendo de guías que nos ayuden a desentrañar algunas claves para comprender qué está pasando y qué puede pasar.

Es el caso del coreano Byung Chul Han, en este artículo señala la profundidad del cambio civilizatorio que anuncia la doble utilización de la tecnología, por un lado, como instrumento de dominio totalitario y, por otro, como escudo benefactor ante los males de nuestro tiempo. La utilización del big data, los móviles, las aplicaciones informáticas y las redes sociales en la “solución asiática” de la pandemia -que está resultando probablemente eficiente- nos adentra en un mundo manejado por poderes cada vez más inaccesibles e incontrolables para los ciudadanos. Un arquetipo de sociedad que puede devenir en una horripilante distopía que combine una especie de irrealidad virtual tipo Matrix, con sus añadidos de reino de las fake news totalitarias imaginadas por Orwell en su “1984” y el dominio de los machos alfa y el consumo masivo del “soma” de la felicidad del “Mundo feliz” de Huxley.

Claro que la alternativa de la “solución neoliberal” que propugna el grotesco trío Boris/Trump/Bolsonaro -con su correlato de secuaces- es aún más espantosa: un mundo en el que impere con mano de hierro la milagrosa “mano invisible” del libre mercado sin límites, ni regulaciones, que favorece una suerte de darwinismo social en el que sólo pueden sobrevivir los más aptos. Ante una catástrofe humana como la del covid-19, les trae sin cuidado condenar a muerte a millones de viejos, pobres y enfermos, porque lo más importante no es la vida humana, si no la sagrada “economía”, es decir los intereses del sistema capitalista.

Pero a pesar de utilizar los mismos o análogos instrumentos tecnológicos y autoritarios, existe una diferencia entre la “solución neoliberal” de lucha contra el coronavirus y la “solución asiática”: al menos ésta última antepone salvar vidas humanas.

Por supuesto, en toda época la tecnología ha tenido la doble función de fuerza liberadora y de opresión. Se trata de una interacción en la que la sociedad participa y decanta, con revoluciones, reformas o evoluciones. Ahora en España, en la lucha contra la pandemia, lo que debe hacer, a mi juicio, el gobierno de coalición es ganarse a la mayoría de la sociedad con medidas concretas y eficientes, esencialmente que se fortalezca el sistema sanitario y se cree un potente escudo social que proteja realmente a todos los sectores golpeados por la profunda crisis que va a producir inexorablemente.

Para que ello sea posible habrá que liquidar ya el dañino ciclo austerísima y tejer las alianzas que empujen a la UE a una política de reconstrucción, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Si no fuese posible ese cambio en la UE, su futuro será una progresiva y muy tensa descomposición y un paso hacia la irrelevancia geopolítica de Europa en la nueva correlación de fuerzas mundial. Sólo así -defendiendo la salud de la población y apoyando a los trabajadores y los sectores más golpeados por la nueva crisis- el gobierno progresista encontrará el apoyo de una ‘respuesta popular’ democrática.

De fracasar en esa estrategia, es muy probable que se vaya construyendo una mayoría social y política contraria, que acabe confiando el gobierno a un bloque de fuerzas compuesta por una extrema derecha populista ultra nacionalista y xenófoba, el conservadurismo nacional católico y el catecismo neoliberal.

Para ello las derechas usarán todos los recursos, trampas y demagogia a su alcance, pero su fuerza radicará esencialmente en los errores y debilidades de la coalición de gobierno. La batalla no se dirimirá en internet, ni tampoco en las políticas de comunicación y la fabricación de storytelling por parte del spin doctor de turnoo.