Sab. 27. Feb 2021, Santa Fe - Argentina
Notas

LO POCO QUE SE SABE DE LOS EMIRATOS ÁRABES UNIDOS

LO POCO QUE SE SABE DE LOS EMIRATOS ÁRABES UNIDOS

SANTA FE-ARGENTINA  (Editorial, PrensaMare)  Los Emiratos Árabes Unidos, o Emiratos o EAU son un país muy pequeño. Posee una superficie de 83.600 km cuadrados; en la comparativa, la Provincia de Corrientes tiene una de 88.199 km2, y la de Entre Ríos, de 78.781 km2. ‘Ingresaría’ unas 33 veces en la superficie de Argentina.

Mientras ésta tiene una población de algo más de 40 millones de personas, los Emiratos son habitados por 9,7 millones (algo más de la cuarta parte que la argentina).

La principal característica del país asiático es que es inmensamente rico en petróleo. Es el 7° productor mundial (Argentina aparece en el puesto 28°).

Mientras Argentina posee algo más del 4% de extranjeros habitándola, en Emiratos el porcentaje supera el 87%. Los principales aportantes son: India, Bangladesh, Pakistán, Egipto y Filipinas.

Datos que sirven como para obtener una simple idea superficial; ello en razón que poco y nada se sabe de este país, que a fuerza de petrodólares ha logrado ir construyendo posición política de la que –casi- nada se conoce.

Lo que sí ha estado en todos los medios internacionales y en los principales multimedios de cada país es que sus autoridades llegaron a un acuerdo y reiniciaron relaciones con Israel. Un tema que en parte es verdad; porque desde hacía muchos años, desde Tel Aviv en forma secreta se asistía con información de inteligencia y asesoramiento a los emiratíes. Ahora se ha “blanqueado” la relación. Un hecho que ha sido mostrado en su momento como “un triunfo”, “un logro” de Israel, del premier Benjamin Netanyahu y del presidente Donald Trump.

Lo cierto es que quien conduce los Emiratos, es su presidente, el jeque Jalifa bin Zayed bin Sultan Al Nahayan, que asumió en noviembre de 2004 (tras la muerte de su padre). Es Emir y gobernante de Abu Dabi; uno de los hombres más ricos del mundo; considerado un “modernizador”; aliado geopolítico de EEUU.

Tanto es así que la Base Aérea de Al-Dhafra (en Abu Dabi) es ‘compartida’ con Francia y Estados Unidos. Además, este país posee oficiales y tropas en el puerto Jabal Ali y en la base naval Fujaira. Estas presencias forman parte de la geopolítica de Washington, con presencia –también- en esa región, en Irak, Kuwait, Catar, Jordania, Arabia Saudi, Bahrein, Oman, Turquía y (el invadido) norte de Siria.

Se trata de un país ‘nuevo’, con apenas medio siglo de existencia luego de haber sido un “protectorado” británico.

Nadie podía imaginar que con el paso de las décadas el país pretendería instalarse en el tablero geopolítico mundial, que dominan las potencias; pero lo cierto es que sus autoridades llevan adelante una constante en ese sentido.

En 1999, con la guerra de Kosovo desatada más de un año antes, los Emiratos aprovecharon y pusieron un pie en el lugar con un campamento a cargo de la Sociedad de la Media Luna Roja de los Emiratos. A ello le dio el apoyo con personal de servicios, ingenieros de telecomunicaciones, un imán y –lógicamente-, tropas con ametralladoras pesadas.

El sitio estaba destinado a kosovares desplazados en la frontera entre Kosovo y Albania a fines de la década de 1990. Pero también habían enviado helicópteros Puma. La presencia formó parte de una ‘asociación estratégica’ sellada con Francia. Dentro de la misma, los Emiratos compraban 400 tanques Leclerc franceses; además de capacitar en Francia a una brigada de tropas emiratíes (que terminaron en Kosovo). De esta forma, fueron el primer estado árabe en desplegar sus fuerzas armadas en Europa, en apoyo de la OTAN.

Posteriormente de manera silenciosa (tanto dentro como fuera del país), operaron junto a la OTAN en Afganistán, luego que EEUU decidiera desplazar al poder a los talibanes. Inclusive tenía su propio lugar en la base aérea de Bagram. Era una tarea militar, pero también ‘social’, pues aportaban dineros para construir pozos de agua, una escuela o una mezquita. Lógicamente, que sus soldados –además- repartían libros del Corán.

Se mostraban solidarios y colaboradores, pero siendo incondicionales de la OTAN…

En los últimos años se lanzó la ofensiva estadounidense en Yemen, para frenar lo que dicen es “la influencia de Irán”. Para ello delegaron la representatividad militar a una alianza conducida por Arabia Saudi. De la que forman parte los Emiratos. Lo que pensaban iba a ser “un paseo” militar, para derrotar a las fuerzas populares que conducen los huties, se está conviertiendo en un verdadero (y nuevo) Vietnam.

Esta criminal aventura del saudita príncipe Mohammed bin Salman, lanzada en 2015 tuvo inmediatamente el apoyo y participación de los Emiratos. Fue así que sus cazas F-16 se encargaron de efectuar ataques aéreos contra los hutíes. Pero también enviaron tropas al sur yemenita.

Inclusive instalaron efectivos (para un posterior asalto, que no se efectuó) en la base de Assab, en Eritrea. Lejos de avanzar en su control sobre este país, la resistencia popular ya lleva 6 años y ha comenzado a preocupar en Arabia y Emiratos. Inclusive desde Washington, analizan ‘desactivar’ esta criminal agresión.

Ni siquiera sus ‘alianzas’ con bandas de delincuentes y/o terroristas en sitios de Yemen, les posibilitó avanzar militarmente. Fue así que, cuando nadie lo imaginaba, las bajas de emiratíes obligó a sus autoridades en algún momento, a una declaración de tres días de duelo nacional.

Fue por esta realidad que los Emiratos han ido reduciendo su participación en el conflicto. Pero ello no significa una renuncia a su idea expansionista, pues quienes conducen los Emiratos pretenden frenar la creciente influencia de Turquía en la región.

Mientras que Turquía tiene una presencia sustancial en la capital de Somalia, los separatistas de Somalilandia (que se quieren independizar de Somalia) son apoyados por los Emiratos. Por otra, contruyeron y están presentes en una base en Berbera, en el Golfo de Adén.

Simultáneamente trabajan en dar creación a un país llamado Yemen del Sur. Un objetivo aque en verdad esconde la ambición emiratí de controlar las rutas comerciales del Mar Rojo, el Golfo de Adén y el estrecho de Bab al-Mandeb.

A su vez, se entrometieron en Libia, aliándose circunstancialmente con Rusia y Egipto, apoyando las fuerzas de Jalifa Haftar (en el este); de esa forma confrontan con el otro sector involucrado en una guerra interna, que es repaldado por Turquía y Catar.

En septiembre de 2020 se arriesgaron a más y efectuaron ejercicios conjuntos con Grecia, enviando barcos y aviones de combate a la isla de Creta. Una apuesta delicada cuando en ambientes políticos griegos se hablaba de la posibilidad de un enfrentamiento militar con Turquía (por los derechos de perforación en el Mediterráneo oriental).

Es así que el anuncio de las reactivadas relaciones con Israel, no debían sorprender. Porque tanto Arabia como los Emiratos poseían desde hace años un software de vigilancia intrusiva hecho en Israel (para vigilar a sus ciudadanos); además de asesoramiento en inteligencia y militar.

Esta normalización (oficial y pública) de relaciones produjo los rechazos de Turquía y de Irán, a la vez que el repudio desde Palestina y numerosos países árabes, que lo entendieron como “una traición”.

A todo ello, las excelentes relaciones con Washington le han permitido a los Emiratos convertirse en la primera nación árabe en enviar una misión a Marte. Un programa con un presupuesto de 200 millones de dólares, que fuera lanzado en julio 2020, desde una isla japonesa.

Posiblemente en este febrero 2021 llegue a su espacial destino y comience a enviar datos.

Este apoyo estadounidense obedece a que los Emiratos constituyen un sitio estratégico para su geopolítica, pero además, es un reconocimiento (para que sea imitado por otros países) a la capacidad militar de este país. Se le reconoce una gran capacidad de despliegue de fuerzas en el extranjero, que ningún otro país árabe puede realizar.

Es así que a fuerza de la decisión política, los petrodólares y una ambición de ser “jugador” al máximo nivel, los Emiratos van ocupando un lugar que resulta funcionalísimo para EEUU y las potencias occidentales.

Un país que solo podrá seguir manteniendo este rumbo, en tanto y en cuanto siga siendo un paraíso petrolero, donde sus ciudadanos locales sean minoría, donde se mantenga el elevadísimo nivel de habitantes extranjeros (que no participan social, sindical, ni políticamente); y principalmente un fortísimo control ciudadano interno.