Mar. 29. Set 2020, Santa Fe - Argentina
Opinión

LO SUBTERRÁNEO

LO SUBTERRÁNEO

MONTEVIDEO-URUGUAY  (por Jorge Zabalza)  Para sorpresa de la buena mujer, su iniciativa se reprodujo como cianobacterias en aguas contaminadas, una explosión social como la que iniciaron aquellos estudiantes que saltaron los controles en el metro de Santiago de Chile. A un mes del atrevimiento de la vecina, el terreno está dividido entre unas 650 familias, todo el mundo respeta los solares marcados con muy precarias estacas unidas por muy delgado hilo. Resuelven por acuerdo y hacen con sus propias manos lo que el gobierno fue incapaz de hacer.

En décadas de vida Santa Catalina se ha ido urbanizando, un poco gracias al esfuerzo comunitario y otro poco ejerciendo presión sobre las instituciones: una nueva escuela se sumó a la que construyeron los vecinos hace casi 40 años; en un predio militar, el Comando Sur regaló “desinteresadamente” una policlínicas que vino a reemplazar la antigua, construida y administrada desde siempre por los vecinos; las líneas 124 y 186 solucionaron la falta total de transporte que antes obligaba a caminar a campo traviesa veinte cuadras o más para tomar un ómnibus; ahora funcionan una UTU y un jardín de infantes, habemus rambla y playa habilitada. Mucho más urbanizados estamos, pero, sin embargo, las perspectivas de los habitantes siguen siendo bastante poco halagüeñas.

En las casitas con techo de chapa la ola de calor recalentó al rojo vivo la difícil convivencia familiar, el hacinamiento se volvió ensopado. En esas condiciones, desilusionada con las décadas de paciente espera, la vecina decidió “hacerse cargo” del problema, cruzó la calle y marcó un solar en aquel enorme baldío que se recostaba sobre la otra vereda. Un acto desesperado, desapercibido para quienes administran la macroeconomía y, sin embargo, trascendental para la vida de la protagonista y su familia.

Miren el mapa de Montevideo en el GPS. Busquen Continuación Camino Burdeos, calculen las cuadras que corren desde la esquina con Camino Santa Catalina -la del histórico “Parador El Recreo”- hasta Los Geranios, un poco antes del Punto Verde de la cooperativa que mantiene limpio el barrio. Hacia el norte, el campo llega hasta Camino Sanfuentes. Esa extensión, con más de un quilómetro y medio cuadrado de superficie, medio siglo baldía, manchones de chilca, casi sin árboles, hoy día está poblada con carpas, casillas de chapas y de tablas de 15. Hasta algún rancho de barro se está construyendo. Sobre experiencia en crear barrios enteros de la nada. Es la civilización que llega montada en los hombros de quienes hacen la historia real que luego otros escribiremos.

Para sorpresa de la buena mujer, su iniciativa se reprodujo como cianobacterias en aguas contaminadas, una explosión social como la que iniciaron aquellos estudiantes que saltaron los controles en el metro de Santiago de Chile. A un mes del atrevimiento de la vecina, el terreno está dividido entre unas 650 familias, todo el mundo respeta los solares marcados con muy precarias estacas unidas por muy delgado hilo. Colonizan la tierra. Resuelven por acuerdo y hacen con sus propias manos lo que el gobierno fue incapaz de hacer.

Hasta 20.000 nuevos hogares se forman cada año en Uruguay. Casi la totalidad son parejas muy jóvenes. Un 22% de ellas y ellos están desempleados. El 38% de los de 18 a 22 años que tienen la suerte de trabajar, lo hacen negro, porcentaje que apenas disminuye al 31% para las y los de 23 a 26 años1. El desempleo y el trabajo por fuera de la ley se mantienen irreductibles, inmunes a la inclusión financiera. Son problemas nacionales que se agudizan y hacen sonar todas las alarmas cuando el marco del análisis se reduce a la periferia urbana. 

Según FUCVAM, hacen falta unas 88.000 viviendas más en el Uruguay. Quienes constituyen los nuevos hogares casa quisieran, pero, hoy como ayer, no pueden acceder al techo propio y siguen forzados a refugiar sus necesidades en asentamientos. Los versos atrapa-votos no lograron impedir el crecimiento del déficit habitacional. Parece que las políticas de vivienda no integraran la agenda de derechos.

En el 2004 los frenteamplistas imaginaban que nadie más se mojaría con la lluvia en la tristeza de los techos de cartón. Sin embargo, en quince años, “su” gobierno no concretó ningún plan de viviendas populares, ni consideró siquiera el que propuso Eduardo Rubio en diputados. La presencia del Estado ha quedado más identificada con la acción represiva que con soluciones a los apremios que sufre la población arrojada fuera del alero protector de las instituciones. La carencia de soluciones reales y masivas propició el surgimiento de proyectos de caridad (Plan Juntos, Techo), políticas de ranchos mejorados, muy cristiana por supuesto, pero que no trajo ninguna solución al hambre de dignidad. Mientras se resuelvan sólo parcialmente, la desocupación y la falta de techo continuarán marcando a fuego la realidad social y contribuyendo a aumentar al máximo la presión que soporta la olla. 

Una salida institucional y legal posible hubiera sido apoyar el desarrollo de cooperativas de ayuda mutua para familias de bajos recursos. Una apuesta a la autoorganización y la alfabetización política. En cambio, haciendo lo contrario de lo que decía querer, Mujica promulgó la ley 18.795 que exoneró de impuestos las inversiones en las zonas centrales de la ciudad, donde se cuenta con todos los servicios, pero los vacía el alto costo de alquileres y préstamos hipotecarios. Esas nuevas viviendas son inaccesibles para quienes más las precisan: se modificó de un toque el significado de la expresión “interés social”, que hasta el 2004 quería decir “los más infelices” y ahora, con hipócrita demagogia, sirve para encubrir negocios de especuladores y empresarios.

Los sectores más desvalidos soportan pacientemente el vergonzante conservadurismo de la administración progresista que dejó de lado la construcción de viviendas de verdadero “interés social”. Las soluciones reales pasan por reformar la estructura de la propiedad urbana, algo imposible de hacer sin lesionar intereses que el progresismo criollo no se atreve a tocar, ni se atreverá nunca. Implicaría gobernar a lo Allende, expropiando a la clase que hegemoniza la democracia representativa. La renuncia al imaginario esperanzador alarga la espera que están sufriendo los sectores populares, pero, cientos de predicadores de la resignación, los ayudan a soportarla... al menos hasta ahora.

Es cierto. Los baños con cerámica sustituyeron las letrinas y la cocina con tres hornallas reemplazó a la garrafa de una sola y precario equilibrio; la moto aumentó las posibilidades de movilidad y Directv inundó la vida de entretenimiento, fútbol y telenovela. El asistencialismo social del MIDES y los consejos de salarios se tradujeron en mejoras concretas de la calidad de vida y del nivel del consumo de los marginados, el consumista de quinta accedió al consumo de cuarta categoría, pero siguen la ñata contra el vidrio. 

Las gárgaras electoralistas no libraron de la marginación a la sociedad. Los 615 asentamientos irregulares registrados en el 2011 apenas se redujeron a 607 en el 20182. El MVOTMA confiesa que entre los años 2011 y 2018 se constituyeron 45 nuevos asentamientos irregulares, mientras que 42 de ellos habían sido regularizados. Según Verificado.uy, 192.000 es la media de las personas expulsadas hacia los asentamientos irregulares. Nada menos que el 5.5% de los 3:500.000 habitantes del Uruguay, porcentaje que en Montevideo se eleva al 10% de su población. Sigue siendo espantoso… ¿o no?

La marginación es consecuencia de la necesidad de fuerza de trabajo de bajísimo costo y por fuera de las regulaciones. Se arrojan sectores enteros al círculo del infierno, donde no pueden comprender qué les sucede, ni identificar a quienes los han excluido de la sociedad y de la política. Se los ayuda a soportar la ignominia, inculcando la creencia de que lograrán escapar cuando los gobernantes aumenten el poder de compra de los excluidos. El concepto de pobreza, falsificado con la “línea de pobreza”, es la base de la hegemonía cultural e ideológica: incapacita a los marginados para organizarse y dar vuelta la tortilla.

La hegemonía no puede evitar que el oprimido tenga la sensación de que lo están manipulando, de que dude si aquellos que votó representan en verdad sus intereses u operan en beneficio de los dueños del poder. Aunque no sepa explicar por qué, lo abruma la sospecha de que la democracia representativa es una estafa y lo lleva a juntar rabia. La bronca se acumula en los subterráneos hasta que emerge como resistencia y lucha en algún momento y de alguna manera.

Un palabrerío hueco le marca los carriles por donde está permitido expresarla correcta y pacíficamente. ¿Qué significa dentro de la constitución y de la Ley todo, fuera de ellas nada? La experiencia de vida enseña al oprimido que el Estado de Derecho sólo protege las grandes propiedades y los privilegios de los dueños de todo, que encubre y complementa la violencia institucional. Aprende que si pierde la paciencia y se sale del camino prescripto, intervendrá el componente esencial de la dominación de clases: el aparato policíaco militar. La realidad social y política termina por ser comprendida con toda claridad.

Los “irrecuperables” de siempre, los descreídos de las falsas opciones y de los falsos ídolos, percibimos la dignidad desafiante en la toma espontánea de los terrenos en Santa Catalina. Indican el cansancio que provoca la insatisfacción de las necesidades populares, el sentido de justicia social que reservan los pueblos en sus corazones y su capacidad para tomar decisiones autónomas y organizarse por sí mismos. En nuestra perspectiva insurgente, la iniciativa individual que se volvió alud colectivo permite adivinar la existencia de un imaginario que anticipa futuras rebeldías populares.