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TRAS LA GUERRA DE SECESIÓN, POTENCIA...

MOSCÚ-RUSIA  (por Vlad GrinquévichHace 150 años, el 12-4-1861, en Estados Unidos estalló una guerra civil que enfrentó a las fuerzas del Norte industrial (la Unión) con el Sur agrario y esclavista (Estados Confederados). La victoria de los Estados del Norte en 1865 condujo a que los estados sureños dejaran de ser sólo productores de materias primas. Pero eso no fue el mayor éxito de la segunda revolución norteamericana. La reconstrucción del Sur, la abolición de la esclavitud que reconoció a los negros todos los derechos civiles fueron acontecimientos importantes pero relegados a un segundo plano. Lo principal fue que la guerra civil estadounidense marcó el inicio para la formación de la nueva potencia hegemónica del mundo. La cola del Imperio  Al librar la querra, ni los soldados de la Unión ni los confederados pudieron imaginar que las consecuencias de ese conflicto serían tan globales. Los motivos que tuvieron para combatir fueron mucho más simples. Los sureños esclavistas querían continuar con su estilo de vida y los partidarios del entonces presidente de EEUU, Abraham Lincoln, en el Norte pelearon para impedir la desintegración del país. El esclavismo del Sur puede calificarse como un anacronismo, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, cuando EEUU atravesaba un auge de su industria, el capitalismo y las democracia, las vastas plantaciones en las que trabajaban multitudes de esclavos africanos, era como tener una astilla en el ojo. Pero en realidad, la economía de las plantaciones coloniales no eran un fantasma de la sociedad agraria, sino la base de la sociedad industrial. Hasta las últimas décadas del siglo XIX, cuando finalizó la revocución industrial, la esclavitud y el capitalismo se complementaron el uno a otro. Hasta las finales del siglo XIX, Gran Bretaña fue el líder económico del mundo y para mantener ese liderazgo necesitó mucho, ante todo, materias primas baratas, pues en caso contrario, la producción industrial nunca sería competitiva. El añil y el caucho de la India y el sureste de Asia, el algodón, azúcar y tabaco del Sur de EEUU, la madera y los cereales de Rusia movieron las hélices de la industria británica. Durante la revolución industrial, la única posibilidad de reducir los costos de producción primitiva de las colonias subdesarrolladas era obligar a los trabajadores a trabajar gratis. No hay nada sorprendente en que los industrilaes británicos hayan invertido más que otros en las plantaciones de EEUU e incluso conservaron el control de esas plantaciones cuando las colonias adquirieron la independencia. Líder nacido bajo la esclavitud  El colonialismo británico produjo la división norte-sur en EEUU e involuntariamente dio origen al nuevo líder mundial. Para la región industrial del Norte estadounidense los Estados del Sur pasaron a desempeñar el mismo papel que jugaron las colonias britáñícas para Gran Bretaña. Durante muchos años, el Sur suministró materias primas para la industria de EEUU y mantenía una demanda estable de la producción industrial. Todo lo que se utilizaba en el Sur era fabricado en el Norte, desde los juguetes y ropa de cama hasta la vajilla y las herramientas. Esto convenía a los norteños que integraban la mayor parte del gobierno de EEUU aunque provocaba disgusto a los sureños que preferirían desarrollar un comercio libre con todo el mundo. Pero las autoridades estadounidenses restringieron el intercambio comercial mediante la rígida política fiscal para apoyar la producción nacional. En su época, Gran Bretaña defendió su capital comercial del mismo modo. Inglaterra adoptó Acto de la navegación adoptado en 1651, que prohibía la entrada a Inglaterra de cualquier tipo de mercancías provenientes de EEUU, Asia, África y Rusia en barcos extranjeros. En la segunda mitad del siglo XIX, surgieron contradicciones en las relaciones entre capitalismo y esclavismo. La revolución industrial tuvo su impacto en la agricultura. Los industriales decidieron vender al Sur no sólo las mercancías sino también maquinaria agrícola. Pero los propietarios de las plantaciones no necesitaban maquinaria, sino los granjeros. Los latifundistas tenían a los esclavos en su disposición, y la maquinaria podía cambiar el sistema económico y el modo de vida de todos. Esto molestó a lo sureños. Pero el lobby de los industriales del Norte fue más fuerte que de los latifundistas del Sur, y al ocupar el sillón presidencialen 1860, Abraham Lincoln anunció que todas las nuevas zonas de EEUU iban a convertirse en territorios libres de esclavitud. Guerra sin oportunidades de ganar  En 1861, once estados del Sur proclamaron su independencia y formaron la Confederación. Esto conllevó a una guerra en la que ninguna de las partes no tuvo oportunidades de ganar. Esto es evidente hoy en día, pero en aquella época muchos estaban convencidos en lo contrario. Los confederados poseían la superioridad. Los mejores arsenales y almacenes militares, las mejores unidades en cuanto a la capacidad combativa y la mayor parte de los oficiales fueron reclutados en el Sur. Además, al estallar la guerra, una tercera parte de los oficiales de la Unión dimitieron para adherirse al Ejército de los confederados que al inicio tuvo más suerte. Pero un país sin industria no puede combatir durante mucho tiempo porque es incapaz de satisfacer la demanda de armamento y pertrechos como tampoco restablecer la infraestructura destruida. Teniendo esto en cuenta, los norteños hicieron todo lo posible para aislar al Sur del mundo exterior. La potente Inglaterra intentó romper el bloqueo y ayudar a sus ex colonias, porque entendía que en el momento cuanto el Norte y el Sur de EEUU se unieran, se pondría fin al liderazgo británico. Y eso fue precisamente lo que ocurrió. No es verdad que las dimensiones no tienen importancia. Cuando los capitales y la industria desarrollada se unen con las fuentes de materias primas y enormes recursos laborales, nadie puede competir contra este monstruo. La China contemporánea es un buen ejemplo. El Imperio Celeste sigue el camino por el que hace unos 20 años pasaron otros países asiáticos, Singapur, Hong Kong, Tailandia, Taiwán, Corea del Sur. El Occidente eligió a los Estados del Sudeste Asiático como fábricas mundiales por su mano de obra barata. En la década de los 80 del siglo pasado, le tocó el turno a China, pero el Occidente no tomó en consideración las dimensiones de este país. El Occidente empezó a perder el control sobre China con sus enormes recursos laborales, capitales y posibilidades del lobby. La situación parece a la que hace tiempo ocurrió en EEUU. Es posible que, pasado un siglo y medio, la historia vuelva a repetirse.

 
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